Como me molestan los silencios cuando te digo que te amo y no respondes nada, ni si ni no, ni yo también ni gracias, sólo silencio.
Me molestan también cuando te pregunto lo que quieres cenar o si acaso quieres, y tampoco respondes nada; se vuelve peor cuando te doy opciones: tacos, hamburguesas, buen sexo o la desabrida soledad de la noche; y no puedes decir siquiera que no tienes hambre.
El colmo viene cuando te reclamo por no decir nada y entonces la pared con sus manchas, los grillos con sus canticos, y el sonido de los autos pasando por la calle me dicen que, aunque estás a mi lado, hace mucho tiempo ya que te has ido y que soy un idiota al esperar que respondas a cualquier pregunta, cariño o insulto...
Sólo los ausentes son capaces de guardar silencio tal cuando con las palabras se les dan constantes caricias y bofetadas.
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viernes, 23 de mayo de 2008
sábado, 17 de mayo de 2008
Los placeres cotidianos
Hablando de payasos en la entrada pasada, recorde que alguna vez en mi temprana pubertad me vestía así con mi tía para animar las fiestas familiares. Ahora veo los videos caseros y me muero de la vergüenza, pero en su momento era algo diferente y divertido que disfrutaba por la simple razón de que nunca lo había hecho antes.
Así crecí, buscando experiencias novedosas, extrañas, que la mayoría de la gente no se atreviera a hacer y que a mi me treparan la adrenalina hasta el borde de un colapso cardiaco. Me aventé del bungee, hice el amor en lugares públicos, probe la cocaina y la marihuana, conocí mil gentes, besé mil bocas, hice trios y me aventé como cien romances exóticos con desconocidos, me vestí de mujer porque simplemente tenía que probarlo, tomé hasta el exceso y fui a cuanto lugar me invitaron.
Un día apareció ella, con la curiosa novedad de que por ser mujer, no tenía que esconderse para darme un beso o tomarme de la mano. Era mi primer novia formal ya en mi etapa joven. Hasta entonces sólo había tenido novios o aventuras secretas
con mujeres. Y eso fue distinto. Un placer extraño. Me di cuenta entonces de que fui gran parte de la vida buscando las sensaciones extremas y mientras tanto había descuidado los placeres cotidianos como pasar un domingo en familia, caminar con alguien bajo el brazo, disfrutar de un atardecer cualquiera o una tarde encamado mirando en la televisión cualquier cosa, con la persona que quiero.
La relación se terminó ya hace mucho tiempo; pero el recuerdo queda, ella vive en mi memoria como la persona que me enseñó de los placeres más sencillos y cotidianos de la vida. Mil gracias por ello Karla.
Así crecí, buscando experiencias novedosas, extrañas, que la mayoría de la gente no se atreviera a hacer y que a mi me treparan la adrenalina hasta el borde de un colapso cardiaco. Me aventé del bungee, hice el amor en lugares públicos, probe la cocaina y la marihuana, conocí mil gentes, besé mil bocas, hice trios y me aventé como cien romances exóticos con desconocidos, me vestí de mujer porque simplemente tenía que probarlo, tomé hasta el exceso y fui a cuanto lugar me invitaron.
Un día apareció ella, con la curiosa novedad de que por ser mujer, no tenía que esconderse para darme un beso o tomarme de la mano. Era mi primer novia formal ya en mi etapa joven. Hasta entonces sólo había tenido novios o aventuras secretas
La relación se terminó ya hace mucho tiempo; pero el recuerdo queda, ella vive en mi memoria como la persona que me enseñó de los placeres más sencillos y cotidianos de la vida. Mil gracias por ello Karla.
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Mi disfraz de payaso
Dos o tres horas estuvimos sentados uno junto al otro sin que lograra en ningún momento surgir la charla amena y fluida. Dos o tres horas que yo sufro intensamente y que sin embargo aprecio en exceso. ¿Cuál es el chingado placer de querer estar con alguién a quien ya no le nace contarme ni la más trivial de las cosas que le ocurren? ¿Cómo se llega a este punto? Pensaran quienes no me conozcan que esto es una tendencia enfermiza y en realidad lo es, pero debo alegar en mi defensa que hace muchos, pero realmente muchos años, cuando era apenas un puberto con los calzones sucios, que esto no me ocurría. Hace muchos años que nadie lograba apendejarme de esta manera. Con decir que jamás fui celoso y desconfiado y ahora tengo celos hasta de la sonrisa que le regala a la mesera porque es la misma sonrisa que yo no logro arrancarle aunque le contara el mejor chiste o llegara al lugar más público vestido de payaso.
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